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martes, 16 de abril de 2013

Lo que Dios No Entiende: Primera parte.

¿Queréis saber por qué el amor duele? Pues bien, os lo contaré. Pero empecemos por el principio.
  Los ángeles existen.
  Lo sé porque yo soy uno. O, mejor dicho, lo era.
  Exacto, y uno bastante famoso. Estoy segura de que habéis oído hablar de mi. Soy Cupido. Y, sí, soy mujer. ¿Sorprendidos? Me lo imagino. No se por qué, pero los humanos tendéis a representarme como un bebé regordete y desnudo con un arco.
  Pero no es así, los humanos os equivocáis muy a menudo. Demasiado a menudo; me hago pasar  perfectamente por una mortal adolescente (o de cualquier otra edad, pero esta es la más adecuada para mi trabajo) cualquiera. Cada cierto tiempo me veo obligada a cambiar de forma y de localidad, ya que, debido a que no muero, la gente sospecharía, y, conociendo la infinita crueldad de los humanos, es muy posible que me metieran en un laboratorio para hacerme pruebas extrañas. Podría luchar contra ellos y salir victoriosa, pero no quiero. Eso solo serviría para que Dios me castigase con uno de sus peores castigos. Y ninguno de los castigos de Dios es lo que se dice "piadoso", que fue lo que conseguí al final. Ahora, por un capricho suyo, todos los ángeles me odian, y los demonios me admiran. Lo odio.
  Pero no voy a dejar de hacer mi trabajo. Soy orgullosa, siempre lo he sido, y sé que está bien lo que hago, por mucho que los curas humanos, los obispos, el Papa, los ángeles, o incluso Dios lo nieguen. Y, sí, sé que duele, pero eso está bien. Es así como debe ser. El mundo no es solo alegría y felicidad, también es sufrimiento y dolor. Claro, ahora los religiosos pensaréis, ¿y cómo Dios, nuestro todopoderoso y eternamente bondadoso señor puede permitir esto? Si el mundo lo hubiera creado solamente él, esto no ocurriría. Pero también lo creo Satanás. Exacto, en parte, sois obras del Señor de las Tinieblas. Si no fuera así, la Tierra no existiría, es necesario un equilibrio entre en bien y el mal.
  Ambos ya habían intentado crear varios planetas por sus cuentas, pero son planetas muertos, sin vida.
Como se dieron cuenta de que necesitaban un equilibrio, juntaron sus fuerzas y crearon el ying yang, el signo de equilibro entre en bien y el mal. Con este poder, crearon la Tierra. Pero Dios, enfadado al ver el dolor que había creado Satanás, le envió lejos, al Infierno.
  Él, al ver que incluso después de ayudarle a crear vida no le respetaba, no discutió en quedarse allí, así que bajó al Infierno, su nuevo hogar, y desde su trono contempló su creación.
  Pero dejémonos de historia religiosa y empecemos con lo que interesa: mi historia.

  Estaba en clase de biología, no prestaba atención porque todo eso ya lo sabía, había repetido ese curso como unas quince veces, pero en diferentes idiomas.
  De repente, me llegó una nota a la mesa. Pensaba que sería alguna broma de alguien riéndose de mi (intenté coger un buen cuerpo para ser popular por razones que explicaré más tarde: rubia, ojos azules, alta, flaca... pero me faltaba pecho, y era demasiado callada, ese era el problema. La gente la tomó conmigo y empezó a hacerme bullying). La abrí esperando encontrar insultos dentro, pero no fue así; dentro había una invitación para una fiesta. Pensé que era una broma, pero igualmente fui.
  Cogí el arco y el carcaj de flechas (esa es una de las pocas cosas que los humanos acertasteis: uso flechas para enamorar a la gente. Obviamente, vosotros no podéis verlas, son invisibles a vuestros ojos), me puse un vestido bonito y llamativo, rojo, y salí.
  Cuando llegué a la fiesta, había mucha gente y mucho ruido, y esa música que tanto odio, el reggaetón. Me acerqué a la barra y pedí una copa, para disimular. Después, me alejé dispuesta a disparar unas pocas flechas, había gente a la que había "fichado" hace tiempo para juntarlas. Pero cuando estaba llegando a un lugar lo bastante apartado, me llamaron.
-¡Estela! -Ese era mi nombre mortal. Me puse rígida, y me giré. El chico más popular del instituto, junto a su típica "pandilla" de populares me estaban llamando. Oh, no, eso no podía ser bueno.
-¿Qué? -Les sonreí.
-Ven.
  Fui. Grave error. Cuando llegué, repetí:
-¿Qué?
-Ven, queremos enseñarte una cosa.
  Les seguí mientras me conducías hacia la parte trasera de la casa donde se celebraba la fiesta. Atrás, había una piscina. Estábamos en febrero. No, no, no.
  Antes de que pudiera darme la vuelta silenciosamente, me cogieron. Yo grité, pero nadie me hice caso. Entre risas, me lanzaron al agua helada, insultándome, riéndose de mi. Vi a varias personas grabando mi gran humillación. Casi podía verme a mí misma con todo el maquillaje corrido, tiritando de frío, intentando nadar con los tacones, empapada y despeinada. Podría haber luchado contra ellos, pero eso solo serviría para que Dios me castigase, por haber dañado a sus preciadas criaturas "inofensivas". Y los castigos de Dios no eran ninguna tontería, seguramente me convertirían en un ángel caído. La sola idea de pensarlo provocó que un fuerte escalofría recorriera mi espalda.
  Empecé a nadar hacia una escalera, esperando que todo hubiera acabado, pero no fue así.
  Cuando estaba intentando salir, Daniel, el chico que me había llamado, me dio un fuerte pisotón en la cabeza, metiéndome de nuevo en el agua y embotándomela. Sentí como una lágrima caía de mi ojo y se mezclaba con el agua helada de la piscina. No sentía nada, las piernas y los brazos se me empezaban a entumecer y cada vez me costaba más nadar. Pero no podía hacer nada que no pudiera hacer un mortal, nada.
  Bajo el agua, grité de pura impotencia. Buceé hasta el otro extremo de la piscina, pero ellos ya estaban allí. Cuando salí para respirar, como estaba demasiado cerca del borde, pudieron darme una patada. Sentí como la nariz me hacía "crack" y pude ver como el agua se teñía de rojo mientras un intenso dolor se extendía por toda mi cara. No podía dejar eso así, simplemente no podía; llevaban demasiado tiempo jugando conmigo. Y jugar con un ángel es peligroso.
  A parte, ¿a quién le importa un demonio más y un ángel menos? A nadie.
  Una diminuta sonrisita empezó a asomar en mi rostro. Sabía que eso no estaba bien, sabía que no debeía hacerlo. Pero por mucho que Dios se empeñe, los humanos no son perfectos. Son crueles parásitos, viven a costa de las desgracias ajenas, son como sanguijuelas que te extraen hasta la última gota de sangre para vivir como reyes mientras te desangras lenta y dolorosamente. Pero, lo peor, es que lo saben y no les importa.
  Daniel se acercó y susurró:
-¿Qué pasa, por qué sonríes? ¿Tanto frío y sangre te ha vuelto aún más estúpida?
  Susurré unas palabras que no escuchó y esperé. De repente perdió el equilibrio y cayó al agua "accidentalmente". Todos rieron.
  Daniel me miró con rabia he intentó pegarme un puñetazo, pero le esquivé con elegancia, con demasiada elegancia como para estar en la agua. Salí de la piscina con la cabeza alta, ya no me sangraba la nariz. Miré a toda la gente que estaba al otro lado de la piscina, y, después, a Daniel, que seguía en el agua, mirándome con cara de odio. Di media vuelta y me alejé; nadie me persiguió.
  Cuando estab segura de que nadie me veía, murmuré otras palabras y poco a poco me hice invisible a cualquier tipo de ojo mortal. Sonriendo, volví sobre mis pasos.
  No vi a Daniel por ninguna parte, en cambio, advertí un rastro de agua hasta la puerta de la casa, por lo que deduje que había ido a secarse y a cambiarse.
  Cargué el arco y apunté: Diana, la novia de Daniel. Hice que se enamorara de Eduardo, un chico bastante majo de nuestra clase. Se metían con él continuamente: decían que es feo, gordo, idiota... las típicas etiquetas que suele poner la gente sin autoestima alguno que se lo baja a los demás para sentirse mejor. No sé cuál fue su reacción cuando se enteró de que estaba loca por él, supongo que se querría morir, o que cambiaría.. Espero que sea la segunda opción. Después, disparé a Laura, la chica que se hizo pasar por mi mejor amiga para después apuñalarme por la espalda. A ella la enamoré Daniel. Es (o era) la mejor amiga de Diana, y Laura no se corta un pelo. Creo que hubieron problemas.
  Algo me remordió la conciencia, ¿y si me estaba pasando? Al fin y al cabo, solo eran mortales ignorantes. Sí, mortales ignorantes, pero con un equilibrio perfecto entre el bien y el mal, y ellos decidieron alimentar a la parte mala. De toda la vida, si un niño se porta mal sus padres les dan unos azotes, ¿no? Y si Dios puede jugar a ser papá, yo podía jugar a ser mamá.
  Vuelví a sonreír. Otro disparo. ¿A quién? Ni lo sabía, ni me importaba. Lo único que puedo asegurar es que esa persona sufriría por amor durante mucho tiempo. Era consciente de que eso no le haría ninguna gracia a Dios, pero no me importaba, estaba harta.
  Otro disparo, y otro.
  Cuando me quedé con pocas flechas, me tocó irme. Disparé a bastante gente, ya me tocaba ir a casa.
  Cuando llegué como había desperdiciado demasiadas flechas, tuve que fabricar más. Pero no las fabriqué pensando en vengarme de más gente, si no que las fabriqué tristemente. No estaba bien lo que había hecho, y como ya estaba más relajada, me di cuenta de la gravedad de mis actos. Estaba arrepentida, muy arrepentida. Tal vez por eso no me castigó en ese mismo instante, pero después hice algo que colmó el vaso. Algo que él nunca perdonaría.
  Según él, cambié la naturaleza del amor del ser humano. Pero se equivoca.

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