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domingo, 18 de mayo de 2014

Blanco y negro

  Estaba sentada en un puff negro, con una pierna desnuda sobre la otra. Contemplaba, a través del gran cristal, la ciudad. Fuera llovía, y la gente corría de un lugar a otro, procurando no mojarse. En sus rojos labios bailaba un cigarrillo, creando un ligero humo. En el reproductor de música sonaba un lento vals.
  Cerró los ojos y suspiró. Dejó la colilla a un lado. Bajo el suave murmullo de la música, escuchaba el agua caer.
  Le gustaban aquellos momentos. Los solía llamar "sus momentos blanco y negro", porque todo se le antojaba como en una película antigua.
  Abrió los ojos y volvió a admirar la ciudad. Las luces de las farolas ya comenzaban a iluminar las calles, prácticamente vacías, con su tenue luz anaranjada. Pensó, vagamente, como sería estar allí, bajo la torrencial lluvia, sintiéndola en el cuerpo. El agua recorriéndole la piel, el frío estremeciéndole, salpicar débilmente en los charcos al caminar. Estar sola, completamente sola en la ciudad. Entonar canciones que el viento se llevaría, tal y como hizo con las promesas. Caminar, sola, a ninguna parte, y a todos los sitios.
  Tal vez sonreiría, tal vez lloraría. Tal vez se sentiría libre, o sola. Perdida o en paz. Quién sabe.
  Volvió a suspirar. Nunca lo sabría, pues no conseguiría estar sola en esa asquerosa ciudad jamás.
  Encendió otro cigarrillo y cerró los ojos.
  Ahora solo le quedaba esperar a su querida amiga la muerte.

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