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domingo, 11 de mayo de 2014

Traición.

  Era una madrugada de noviembre, lluviosa y fría, muy fría.
  Las calles estaban frías. Las fachadas, los objetos, las plantas, la lluvia. El ambiente en general. Todo era demasiado frío.
  Pero había algo más frío que todo aquello. Algo muchísimo más frío.
  ¿Nunca habéis tenido frío cuando estabais tristes, y habéis sentido que más que vuestro cuerpo, era vuestra alma la que sufría? Sufría por estar tan fría, sufría la frialdad de la soledad, del dolor, de la traición.
  Una traición que era tan, no, más dolorosa que quedarse entumecido de puro frío.
  Y así se sentía ella.
  Demasiado fría.
  Y no entendía por qué, estando tan fría su alma, su corazón seguía ardiendo.
  Casi podía escucharlo gritar. Ver como lloraba. Sentir sus arañados, sus desesperados arañados a su sangrante pecho, en un desesperado intento de huir todo aquello.
  ¿Cómo... cómo había podido ser tan tonta? ¿Por qué se había dejado engañar otra vez? Otra puta vez. ¿Es que nunca iba a aprender? ¿Tan tonta era, a pesar de todo? Y casi agradecía a su roto corazón que le arañara ya durante tanto tiempo.
  Y casi lo odiaba por haber dejado de hacerlo durante unos días, tan solo por unas simples palabras carentes de sentimiento y verdad. Y ya, ya llevaba tanto tiempo así, que le parecía poco.
  Era una desangración demasiado lenta, que le dolía continuamente, que le amargaba. A veces se intensificaba y quería acabar con todo, pero siempre cicatrizaba lo suficiente como para no aprender.
  Tenía que espabilar de una maldita vez.
  Vamos, idiota, ¡vamos! ¡No te dejes engañar más, joder! ¿Es que no ves que están jugando contigo? ¿No ves que te quedas ahí parada, preocupándote por la gente por si, por muy pequeña que sea la posibilidad, algún día llega a ser verdad? (Aunque en el fondo sabes que no). ¡Venga, joder! ¡Levántate! ¡Deja de compadecerte! ¿Te quieres volver insensible de una maldita vez, corazón? ¡¿Para qué diablos me sirves, eh?! ¡Es que no te das cuenta de que están jugando contigo! ¿Por qué no plantas cara? ¿No te has cansado ya de arañar? ¿De desangrarte? ¿De sufrir? ¿De arder, de congelarte? ¡Planta cara! ¡Di toda la verdad! ¿Y qué, si hieres a la gente? ¿No te están haciendo ya demasiado daño a ti? ¿Por qué no sacas a la luz la verdad? Es que, ¿no estás deseando aclararlo ya todo?
  Ah, necio, necio corazón inocente y magullado. ¿Crees que podrás tú solo con esto? ¿Puedes soportar seguir ardiendo, seguir sangrando, al resguardo de un alma desolada que te hiela? ¿Acaso crees que puedes? Oh, pobre. Ven. ¿Por qué no te resguardas del frío, de la lluvia? Escapa de noviembre, escapa de abril, escapa del dolor, de la vida, del mundo. Escapa. Corre, corre lejos. Sube la montaña. ¿No son hermosas las vistas desde aquí? Mira, acércate al borde. ¿No es alto? ¿Y qué pasaría si saltaras? ¿Tienes miedo de probar? Está bien, yo te responderé: aproximadamente lo mismo que si no lo haces. Morirás. La diferencia es que, si saltas, todo será más rápido. Sí, perderás buenos momentos, pero también te librarás de los malos. Será una muerte rápida e indolora. Pero claro, hay un problema. Y es que eres un cobarde.
  ¿Quieres ser un cobarde?
  ¿Quieres saltar?
  ¿O prefieres arriesgarte a algo peor -o tal vez mejor- quedándote?
  ¿Y por qué no saltas, metafóricamente?
  ¿Y si coges todo el valor que tendrías que poner en saltar, para arriesgarte a acabar con todo, sin terminar de irte?
  ¿Y si ya no te callas?
  ¿Por qué no dices la verdad?
  Tal vez, -y solo digo tal vez- todo salga bien.
  O tal vez, -y solo digo tal vez- todo salga mal.
  Qué me dices, confundida alma, solitario corazón. ¿Saltarás?
  ¡Ay, qué mala es la traición! Qué feliz te hace al principio, ¿verdad? Pero, ¡ay, pobre de ti, en cuanto la descubras! Tras hacerte subir la montaña, empujándote con la espada, tras hacerte sufrir el esfuerzo de seguir y seguir, te pone al borde del abismo.
  Y miras abajo.
  Y no puedes saltar.
  Y no puedes no hacerlo.
  ¿Y por qué no puedes saltar? Porque tú, estúpida alma en pena, sientes amor por el traidor. Y, si saltaras, tal vez -y solo tal vez- le lastimarías.
  Obviamente, no sería por tu caída. Pero los cadáveres revelan. Y tú revelarías la traición. Y eso le podría acarrear problemas al traidor.
  ¿Y por qué no puedes no hacerlo? Porque se te clavaría la espada de la traición, lentamente en la espalda. Sentirías la herida, cada vez más profunda. Sentirías el plateado filo llegar hasta tu corazón, arañarlo, dejarlo moribundo, para después acabar con él. Tendrías que seguir con la traición, seguirle el juego, mientras, lentamente, te mata.
  Y es entonces cuando te planteas saltar. Cuando da un traspié y se clava más de lo previsto, sin llegar a matarte.
  Cuando el dolor se intensifica tanto que no puedes soportarlo más.
  ¿Y qué me dices, fría alma, ardiente corazón? ¿Saltas conmigo?




  ¿Os cuento un secreto? ¿Sabéis por qué, al principio, la historia estaba escrita en pasado?
  Porque esa extraña y oscura combinación de hielo y fuego que escribía, saltó.
  ¿Y sabéis por qué el resto no?
  Porque esos eran sus pensamientos, aún latentes, que ella escribió, en un desesperado intento de encontrar una tercera opción.


Atte: una libreta que tal vez reveló demasiado.

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