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domingo, 14 de diciembre de 2014

Perderse.

  Me pierdo entre la melodía de una canción anónima; me pierdo entre las letras de una novela nunca escrita; me pierdo en el paisaje soñador de unas nubes con mil y una formas; me pierdo en ese río que corre y corre como un niño tras un gato callejero, tratando de atraparlo, de hacerlo suyo, jugando con la inocencia que tan solo posee una mente joven y que, oh, yo tanto envidio.
  Me pierdo en esta vida carente de sentido y sentimiento, buscando el calor de un abrazo ardiente, buscando el refugio de una mirada viva, de esas que ya no existen, y es en tus ojos en los que me pierdo, es tu abrazo el que busco y el que siento, y, dios mío, no te vayas.
  Me pierdo en por una calle desconocida que nunca nadie ha cruzado, me pierdo en esa calle que fue construida y olvidada y marginada e ignorada, la miro y observo y pienso que es bella, hermosa, enigmática, como ese rincón privado de una mente abierta, ese rincón que tan solo conoce su dueño, tan atrayente, tan oscura, tan peligrosa y hermosa... como una luna de fuego sobre un alma en pena, que le llama a su lado, y a él acude, sabiendo que va a quemarse, mas que una vida lejos de aquella luna sería tan, o incluso más horrible que consumirse lentamente entre sus llamas...
  Me pierdo, cegada por el fuego, resbalándome en el hielo, no entiendo nada, pero bueno, supongo que en el fondo ya me da igual. Ahora solo quiero correr y correr tras un globo río arriba, tumbarme en la hierba a descifrar mil y una formas, enamorarme de una canción anónima, ser la autora de una novela nunca escrita, descubrir cada esquina oculta de esa calle que es tu mente...
  Me pierdo, en esta locura transitoria, que se niega a marcharse, pues me ha cogido cariño y ahora quiere ser mi compañera, y ahora siempre me acompaña, y ahora no se marcha, y no quiere marcharse; y aquí se queda, con la canción, las formas, el río, la novela, el misterio, la luna y tu mirada.

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