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lunes, 21 de abril de 2014

Canciones de un bosque.

  Había una vez un solitario hombre, sentado en una solitaria roca, perdida en un solitario bosque, en medio de ninguna parte.
  Éste, era el hombre sin rostro, común mente llamado. Nadie nunca lo veía, nadie nunca le escuchaba, y mucho menos hablaban de él. Pero todos sabían de su existencia, y nadie conocía el por qué.
  Éste hombre no tenía nombre, cantaban los pájaros cada anochecer. 
  ¿Pero que sabrían ellos?
  Pero todo el mundo les hacía caso.
  Y es que los pájaros son los mejores contando historias, por excelencia. Ellos les cantan al viento, y él, el viento, fiel mensajero, se los lleva a los oídos inocentes, para que cada uno cuente su versión, y así se cree una historia.
  Pero éste hombre, aquel señor solitario sentado en una roca solitaria en un bosque solitario, en mitad de la nada, no escuchaba a los pájaros.
  Simplemente oía.
  Y es que no quería saber.
  Y es que no le interesaba saber.
  Solo quería disfrutar.
  Y así era. Disfrutaba de historias pasajeras, pero nunca las recordaba. No quería que le distrajeran mientras escuchaba otras, o que no le dejaran dormir.
  Disfrutaba de los cantos de las numerosas aves que allí habitaban, de la caricia del viento al susurrárselas al oído.
  Y por eso los pájaros le conocían tan bien.
  Y por eso el viento transportaba tantas historias diferentes.
  Y por eso un día, especialmente surrealista, apareció de un fresco arroyo una hermosa sirena, atraída por las interesantes historias de aquel hombre solitario.
  Pero resultó que allí no estaba aquel hombre solitario.
  Y la sirena se asustó, y se marchó.
  Pero la curiosidad pudo con ella, por eso volvió.
  Y aquel hombre solitario seguía sin aparecer. 
  Y así pasaban los días, sin que se dejara ver. Pero los pájaros seguían cantando acerca de él, y el viento cada día decía algo nuevo.
  La joven sirena, tonta y preocupada, preguntó un día a un árbol de por allí.
  Éste le contestó que nunca había visto a aquel extraño hombre, pero que sentía su fría presencia cada noche, acechando. 
  Pero un triste y viejo sabio que caminaba por allí le contradijo, y le habló de lo bondadoso que era aquel extraño señor que nadie conocía.
  Le contó una historia completamente nueva a todas las demás. Le contó su historia, cómo había conocido a aquel solitario hombre.
  Y fue una historia tan extraña, carente de sentido, pero real y terrorífica, que ningún ser vivo volvió a hablar del hombre sin rostro, de aquella esencia sin nombre, en cuanto los pájaros hubieron cantado y el viento hubo susurrado.
  Y por primera vez aquel hombre no escuchó historias sobre él.
  Entonces empezó a escuchar.
  Y así fue como descubrió que una vez alguien se preocupó por él, y por primera vez, salió del bosque.
  En su honor, todo el bosque permaneció en silencio.
  Y empezaron a llamarlo el bosque de las sombras, porque, desde que un misteriosos hombre solitario se marchó, no había más que sombras allí. 
  No había alegría, ni tristeza, ni miedo, ni esperanza. No había ni música ni ruido ni silencio ni vida ni muerte. No había nada.
  No había nada, porque un hombre extraño, desconfiado y sin esperanza ya de nada, un alma solitaria a la que nadie conocía, pero de la que todos hablaban, había dejado mucha más huella de la que el mundo se esperaba.


  Pero a aquel hombre ya no le importaba. Había empezado a vivir. Recorría los siete mares en busca de su sirena, surcaba ríos y océanos, aprendió lenguas, culturas, historia. Aprendió a escuchar, a relatar, a leer y a escribir.
  Pero no encontró a su sirena.


  Al cabo de los años, triste y desolado, maldiciendo todos sus conocimientos adquiridos, pues no le habían servido para otra cosa que para perder el tiempo, un hombre solitario se sentó en una solitaria roca, en mitad de un solitario bosque, perdido en medio de la nada.
  Los pájaros volvieron a cantar, el viento volvió a susurrar. Las sombras ya no eran sombras, ahora se movían, y de ella surgían todo tipo de animales. Los árboles volvieron a reír alborotando sus hojas, y los riachuelos bailaban un hermoso vals con los peces.
  Pero aquel hombre ya no era feliz.
  Ansiaba a su sirena.
  ¡Ay, qué mala es el ansia! -cantaban los pájaros cuando el sol se escondía. -¡Ay, que dura es la tristeza! -susurraba el viento cuando la luna iluminaba.
  Entonces un día, harto de su soledad, aquel hombre se lanzó al agua.
  Y no necesitó piedras para ahogarse, pues su frío corazón ya pesaba lo suficiente.


  Por eso, cuando despertó en manos de una bella sirena, sintió que su cuerpo despertaba. Sintió mariposas, escalofríos, nervios, emoción. Sintió amor.
  Por primera vez en su vida, sintió realmente.
  Ya no escuchaba, ni oía. Ya no escribía ni relataba ni leía ni viajaba ni aprendía ni navegaba.
  Ahora, ahora tan solo amaba.
  Y aquel bosque fue llamado el bosque de la vida, porque nunca un bosque fue más hermoso, que cuando aquellos pájaros cantaron historias de amor, cuando el viento susurró, feliz, cuando los árboles rieron con ganas, y los riachuelos bailaron con emoción.
  No, nunca nada fue tan hermoso, como aquel beso que se regalaron un solitario hombre y una misteriosa sirena.