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miércoles, 28 de mayo de 2014

Adiós.

  No puedes más. Quieres morir. Echas tanto de menos a alguien... a algo... a ti mismo. El dolor te oprime el pecho sin dejarte respirar.
  Cierras los ojos, intentando huir. La música retumba en tus oídos pero eso nada puede hacer por cambiar la situación. Te agobias y sientes un maldito nudo en la garganta que te asfixia. Aprietas fuerte los puños aunque te haces daño. Y aunque lo evitas, por el mísero orgullo que te queda, acabas llorando. Y todo parece derrumbarse a tu alrededor.
  Tan solo deseas morir. Dejar de sentir. Simplemente desaparecer. Dejar de lado todo esto y empezar de cero. Irte muy muy lejos de aquí y olvidarlo todo, a todos. Volver a nacer. Tener una vida nueva.
  Luchas por escapar pero no puedes. Corres y corres en la oscuridad, esperanzado de encontrar la salida del túnel, pero este nunca acaba, te hace tropezar, te hace caer. Y sangras, sangras cada vez más. Aunque te levantas de nuevo y sigues corriendo, porque oyes a las bestias detrás de ti. Sus angustiosos gritos te erizan la piel y te quitan el sueño, el hambre, la alegría, las fuerzas. Te lo quitan todo. Les temes. Les temes más que a nada en este maldito mundo.
  Corres cada vez más. El aire te falta y te duelen los músculos. Sientes tu pecho ardiendo y tu cuerpo dolorido y ensangrentado. Intentas volver tu sangre fría para volverte insensible y poder huir. Pero no puedes.
  Tropiezas y caes y vuelves a sangrar. Te quedas sin fuerzas. No hay luz. No hay vendas. No hay nada. 
  Así que allí te quedas, muriendo con lentitud, con las bestias a tu espalda. Se abalanzan sobre ti y no puedes luchar. Entonces te cogen y te torturan a placer. No encuentras piedad. Estás acabado.
  Deberías haber corrido más.
  Has sido débil.
  Idiota.
  No sirves para nada.
  Te merecías todo esto.
  No importa que no entiendas el por qué, lo merecías.
  Y ya no sabes qué te tortura más, si las bestias o las voces en tu cabeza.
  Estás muerto.
  Adiós.

Dulces sueños

  Te quiero.
  Te quiero de demasiadas formas.
  Te quiero y no sé cómo decírtelo.
  No sé cómo reaccionarías, cómo me tratarías, como te trataría. Tampoco sé si me corresponderías, o me dejarías, o si se quedaría todo como está. No sé nada. O casi. Tampoco sé si tu corazón late bailando un vals con otro... o si está roto... o si es libre.
  Sonará típico, pero tan solo sé que te quiero. Que quiero besarte, dormir entre tus brazos, sentir tu abrazo y tu protección. Darte cariño, amor, que es lo único que consigo sentir al hablar contigo.
  Ser correspondida, ser feliz junto a ti...
  ¿Tanto pido? Es sencillo, mas extremadamente complicado. Estar a tu lado. Simplemente abrazados, bajo una manta, viendo una película.
  O ir a la playa.
  O a dar un paseo.
  O a ver la puesta de sol.
  O simplemente estar contigo.


  No sé cómo decírtelo, y eso me está matando. Es tal tortura...
  Me gustas. Dos simples palabras. Nada más. Tan fáciles de pronunciar, escribir...
  Tal vez algún día me atreva a decírtelo.
  Tal vez siempre será mi pequeño secreto.
  Supongo que eso tan solo lo sabe la solitaria luna, tan atenta a nuestros sentimientos, velando por ellos cada noche, como nuestra dulce y fiel protectora de Cupido...
  Te quiero, y no sé como decírtelo.
  Mientras tanto, me conformaré con decirte "dulces sueños, te echaré de menos".

domingo, 25 de mayo de 2014

Precipicios.

  El mundo se extiende a mis pies. El sol ya se esconde bajo el anaranjado firmamento; las primeras estrellas brillan, como una espectral ilusión de luz y calor, pero sin llegar nunca a regalarte su dulce abrazo.
  El viento sopla, suave, removiendo hojas, levantando tierra, acariciando al mar, a los árboles, a las rocas.
  La melodía de un piano suena perdida por la lejanía de mi mente.
  Un león ruge, salvaje, imponente, por algún lugar de mis pensamientos, mientras un manso gato lame su pata, a la vez que se recuesta un sillón.
  Un suspiro, como venido de la nada, me recorre, y sale al exterior. 
  Cierro los ojos; me pongo el pie.
  Avanzo un pequeño paso; mis pies quedan al borde del precipicio. 
  Avanzo otro pequeño paso.
  Siento el viento en mi cara, veloz, doloroso. Me cuesta respirar.
  Un grito aflora de mi interior, penetrante, rompiendo el silencio y la tranquilidad. 
  Y el piano deja de sonar, el león calla, el gato observa.
  Y caigo y caigo sin respiración, sin miedo, sin silencio, sin paz.
  El mundo retumba. El sol no está. Las estrellas ya no prometen luz ni calor, ahora tan solo ríen, frías, frívolas, lejanas.
  El viento no lucha por detener mi caída. El mundo se acerca cada vez más y más, y clava su mirada en mí, evaluándome, decidiendo que mi vida llega a su fin, que no vale la pena seguir.
  Y me voy, junto al anaranjado atardecer, junto a las doradas hojas que vuelan a mi alrededor, en esta trepidante carrera, que nadie quiere ganar.
  Llego al suelo.
  Un golpe seco.
  Turbación.
  Oscuridad.
  Las estrellas ríen.
  Las hojas otoñales se posan junto a mí.
  El cielo no está anaranjado, si no negro, como el túnel, que se extiende ante mí.

jueves, 22 de mayo de 2014

Sin luz.

  Tal vez no llore, pero mi corazón sangra.
  Tal vez no hable, pero mi alma grita.
  Tal vez sonría, pero mis manos tiemblan.
  Tal vez haya luz, pero mi interior está a oscuras.
  Tal vez todo esté en orden, pero yo estoy en ruinas.
  Tal vez, tal vez.
  Yo no muestro, pero siento.
  Lloro y tiemblo y sangro y me pierdo y sufro y muero.
  ¿Te parezco feliz? ¿Realmente lo parezco? ¿Has reparado en mis ojos, acaso?
  Oh, sí que lo has hecho. Sabes que son marrones. Sabes que son claros. ¿Sabes? Ellos saben que eres idiota.
  Tú miras. Pero no ves. Oyes, pero no escuchas.
  Crees que piensas, pero tan solo te dejas manipular.
  Crees que sabes, pero tan solo te ahogas en una bonita mentira.
  Atrévete a arañarte con la verdad.
  Ahora todo está más claro, ¿verdad?
  No, no lo está. Todo está oscuro. Todo es confuso. Estoy perdida. Necesito ayuda. Porque sigo llorando y temblando y sangrando y perdiéndome y sufriendo y muriéndome.
  Tropiezo con las ruinas. Me caigo. No veo. Tan solo siento. Siento viento, tempestad. Granizo. Agua. Demasiada agua. Me arrastra, me ahoga. Y cada vez más y más lejos de la luz...
  No sé dónde estoy. Este lugar es extraño y dolorosamente familiar.
  No me gusta, hace frío. ¿Me das un abrazo? Estoy tiritando... ¿No puedes? Está bien.
  Sigo andando, a ciegas. Me sigo cayendo y haciendo daño. Estoy magullada, me duele todo el cuerpo. ¿Me das una tirita, unas vendas? ¿Tampoco...? Bueno.
  Sigamos.
  Aquí hay arenas movedizas. Allí, fuego. Allá, mar enfurecido. Por detrás... tan solo un enorme vacío.
  ¿Cómo he llegado hasta aquí? Tengo miedo. Estoy confusa. Por favor, necesito ayuda. Por favor.
  ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? Por favor, por favor. Todo se está juntando. Me quemo, me hundo, me caigo, me ahogo. Joder, ¿nadie puede ayudarme? ¿Ni siquiera tú?
  Oh, tú, mi fiel compañero, mi amante verdadero... tanto he hecho yo por ti, y ahora tú me abandonas a mi merced, ante esta muerte segura, en esta perdición eterna; una eternidad tan solo comparable con la soledad cuando falta tu abrazo, cuando ya no me acurruco en ti, creyendo encontrar apoyo y amor...
  ¿Por qué me hiciste esto? Lo dí todo por ti. Todo. Y ahora estoy sola, sin nada, sin fuerzas ni ganas ni coraje para seguir.
  ¿Y qué voy hacer?
  ¿Salgo al fuego y me quemo?
  ¿Salto al vacío y caigo?
  ¿Salto a la arena y me hundo?
  ¿Salto al mar y me ahogo?
  ¿O me quedo aquí, esperando dolorosamente, a que todo me mate en conjunto, con el terrible dolor de la certeza?
  Y mi luz... mi única luz... ahora está muerta, apagada.
  Mi única luz, mi única salvación, mi única esperanza.
  Me ha abandonado.
  Me ha traicionado.
  Me ha cambiado.
  Después de dárselo todo, se ha ido y me ha dejado sin nada.
  Me ha matado.
  Me has matado.
  Te odio.

lunes, 19 de mayo de 2014

Como un canto de sirena

  Como cantos de sirena, dulces, enigmáticos, misteriosos, me atraes hacia ti, haciéndome feliz, poseyéndome, desnudándome, atrapándome.
  Como cantos de sirena, tan hermosos, especialmente a mí dedicados, me enamoras, cariño, me meces y me abrazas entre tus cálidos brazos.
  Y creo ser feliz; no, soy realmente feliz. Sonrío distraída por el hecho de recordar tu voz, tus labios, tus ojos, tus delicadas facciones. Eres tan hermosa...
  Como un pobre niño perdido en medio del mar, oh, cariño, yo te necesito tanto como aquel pobre niño necesita un salvavidas. Como un drogadicto necesita la heroína. Como un suicida su cuchilla.
  Y eso eres tú, mi heroína, mi dulce salvadora, que me aleja de las terribles y afiladas cuchillas, de las serpientes que cantan, invitándome a saltar al vacío.
  Me alejas y me salvas del miedo, del dolor, la soledad. Apartas la inseguridad y me haces sonreír, me quieres, me amas, me capturas y eres mía.
  Y eso mismo pasa conmigo. Te quiero, te amo, te necesito, soy tuya. Dependo de ti y de tu canto.
  Oh, hermosa, como un dulce canto de sirena.
  Pero no eres más que un canto de sirena.


  Me salvas del mar para lanzarme al furioso océano.
  Me alejas de las cuchillas para tirarme por el interminable barranco.
  Me atrapas, me enamoras y seduces, me haces depender de ti, para conseguir lo que quieres. Después me abandonas, y me quedo aquí sola, derrumbada, aún peor que antes.
  Oh, cariño, ¿por qué me haces esto? ¿Acaso hizo algo yo mal? ¿No podría recuperarte? Necesito volver a oír tu voz...
  ¿Dónde están?
  ¿Dónde están esas nanas a las que sentía dormirme abrazada?
  ¿Dónde están esas melódicas promesas de un mundo mejor? ¿De amor eterno?
  ¿Dónde quedaron aquellas tardes perdidas bajo el sol de un tímido bosque, llenando mi vida de ti y de tu música?
  ¿A dónde fuiste? ¿Por qué ya no estas? Me has abandonado... ¿qué hice yo mal?
  Ahora estoy perdida en un pozo oscuro, dolorida por la caída, la cual, tú tan solo ampliaste.
  Estoy ahogándome en un maldito déjà vu. Joder, ¿cuántas veces más? ¿Volveré a confiar en ti? Ya he caído tantas veces...
  Eres tan hermosa. Como un canto de sirena.
  Vuelves a mí, disfrazada de nuevo, cuando más te necesito. Me devuelves a la vida, me alejas de las pesadillas. Pero después te vas, después de conseguir todo de mí, desapareces, sin más, y aquí me quedo, muriendo, preguntándome cómo he podido ser tan tonta...


  Y es por eso que te amo y te odio; que te busco y te temo. Y tú vas a tu aire, jugando con vidas inocentes.
  Como una fruta venenosa para un muerto de hambre.
  Como una mantis religiosa para el abandonado de todo amor.
  Como la lejana y bella luna para el soñador que desea atraparla.
  Como un espejismo en el desierto.
  Como la dulce mentira que atrapa y mata a un magullado corazón.
  Como un canto, un hermoso y peligroso canto de sirena.

domingo, 18 de mayo de 2014

Blanco y negro

  Estaba sentada en un puff negro, con una pierna desnuda sobre la otra. Contemplaba, a través del gran cristal, la ciudad. Fuera llovía, y la gente corría de un lugar a otro, procurando no mojarse. En sus rojos labios bailaba un cigarrillo, creando un ligero humo. En el reproductor de música sonaba un lento vals.
  Cerró los ojos y suspiró. Dejó la colilla a un lado. Bajo el suave murmullo de la música, escuchaba el agua caer.
  Le gustaban aquellos momentos. Los solía llamar "sus momentos blanco y negro", porque todo se le antojaba como en una película antigua.
  Abrió los ojos y volvió a admirar la ciudad. Las luces de las farolas ya comenzaban a iluminar las calles, prácticamente vacías, con su tenue luz anaranjada. Pensó, vagamente, como sería estar allí, bajo la torrencial lluvia, sintiéndola en el cuerpo. El agua recorriéndole la piel, el frío estremeciéndole, salpicar débilmente en los charcos al caminar. Estar sola, completamente sola en la ciudad. Entonar canciones que el viento se llevaría, tal y como hizo con las promesas. Caminar, sola, a ninguna parte, y a todos los sitios.
  Tal vez sonreiría, tal vez lloraría. Tal vez se sentiría libre, o sola. Perdida o en paz. Quién sabe.
  Volvió a suspirar. Nunca lo sabría, pues no conseguiría estar sola en esa asquerosa ciudad jamás.
  Encendió otro cigarrillo y cerró los ojos.
  Ahora solo le quedaba esperar a su querida amiga la muerte.

domingo, 11 de mayo de 2014

Traición.

  Era una madrugada de noviembre, lluviosa y fría, muy fría.
  Las calles estaban frías. Las fachadas, los objetos, las plantas, la lluvia. El ambiente en general. Todo era demasiado frío.
  Pero había algo más frío que todo aquello. Algo muchísimo más frío.
  ¿Nunca habéis tenido frío cuando estabais tristes, y habéis sentido que más que vuestro cuerpo, era vuestra alma la que sufría? Sufría por estar tan fría, sufría la frialdad de la soledad, del dolor, de la traición.
  Una traición que era tan, no, más dolorosa que quedarse entumecido de puro frío.
  Y así se sentía ella.
  Demasiado fría.
  Y no entendía por qué, estando tan fría su alma, su corazón seguía ardiendo.
  Casi podía escucharlo gritar. Ver como lloraba. Sentir sus arañados, sus desesperados arañados a su sangrante pecho, en un desesperado intento de huir todo aquello.
  ¿Cómo... cómo había podido ser tan tonta? ¿Por qué se había dejado engañar otra vez? Otra puta vez. ¿Es que nunca iba a aprender? ¿Tan tonta era, a pesar de todo? Y casi agradecía a su roto corazón que le arañara ya durante tanto tiempo.
  Y casi lo odiaba por haber dejado de hacerlo durante unos días, tan solo por unas simples palabras carentes de sentimiento y verdad. Y ya, ya llevaba tanto tiempo así, que le parecía poco.
  Era una desangración demasiado lenta, que le dolía continuamente, que le amargaba. A veces se intensificaba y quería acabar con todo, pero siempre cicatrizaba lo suficiente como para no aprender.
  Tenía que espabilar de una maldita vez.
  Vamos, idiota, ¡vamos! ¡No te dejes engañar más, joder! ¿Es que no ves que están jugando contigo? ¿No ves que te quedas ahí parada, preocupándote por la gente por si, por muy pequeña que sea la posibilidad, algún día llega a ser verdad? (Aunque en el fondo sabes que no). ¡Venga, joder! ¡Levántate! ¡Deja de compadecerte! ¿Te quieres volver insensible de una maldita vez, corazón? ¡¿Para qué diablos me sirves, eh?! ¡Es que no te das cuenta de que están jugando contigo! ¿Por qué no plantas cara? ¿No te has cansado ya de arañar? ¿De desangrarte? ¿De sufrir? ¿De arder, de congelarte? ¡Planta cara! ¡Di toda la verdad! ¿Y qué, si hieres a la gente? ¿No te están haciendo ya demasiado daño a ti? ¿Por qué no sacas a la luz la verdad? Es que, ¿no estás deseando aclararlo ya todo?
  Ah, necio, necio corazón inocente y magullado. ¿Crees que podrás tú solo con esto? ¿Puedes soportar seguir ardiendo, seguir sangrando, al resguardo de un alma desolada que te hiela? ¿Acaso crees que puedes? Oh, pobre. Ven. ¿Por qué no te resguardas del frío, de la lluvia? Escapa de noviembre, escapa de abril, escapa del dolor, de la vida, del mundo. Escapa. Corre, corre lejos. Sube la montaña. ¿No son hermosas las vistas desde aquí? Mira, acércate al borde. ¿No es alto? ¿Y qué pasaría si saltaras? ¿Tienes miedo de probar? Está bien, yo te responderé: aproximadamente lo mismo que si no lo haces. Morirás. La diferencia es que, si saltas, todo será más rápido. Sí, perderás buenos momentos, pero también te librarás de los malos. Será una muerte rápida e indolora. Pero claro, hay un problema. Y es que eres un cobarde.
  ¿Quieres ser un cobarde?
  ¿Quieres saltar?
  ¿O prefieres arriesgarte a algo peor -o tal vez mejor- quedándote?
  ¿Y por qué no saltas, metafóricamente?
  ¿Y si coges todo el valor que tendrías que poner en saltar, para arriesgarte a acabar con todo, sin terminar de irte?
  ¿Y si ya no te callas?
  ¿Por qué no dices la verdad?
  Tal vez, -y solo digo tal vez- todo salga bien.
  O tal vez, -y solo digo tal vez- todo salga mal.
  Qué me dices, confundida alma, solitario corazón. ¿Saltarás?
  ¡Ay, qué mala es la traición! Qué feliz te hace al principio, ¿verdad? Pero, ¡ay, pobre de ti, en cuanto la descubras! Tras hacerte subir la montaña, empujándote con la espada, tras hacerte sufrir el esfuerzo de seguir y seguir, te pone al borde del abismo.
  Y miras abajo.
  Y no puedes saltar.
  Y no puedes no hacerlo.
  ¿Y por qué no puedes saltar? Porque tú, estúpida alma en pena, sientes amor por el traidor. Y, si saltaras, tal vez -y solo tal vez- le lastimarías.
  Obviamente, no sería por tu caída. Pero los cadáveres revelan. Y tú revelarías la traición. Y eso le podría acarrear problemas al traidor.
  ¿Y por qué no puedes no hacerlo? Porque se te clavaría la espada de la traición, lentamente en la espalda. Sentirías la herida, cada vez más profunda. Sentirías el plateado filo llegar hasta tu corazón, arañarlo, dejarlo moribundo, para después acabar con él. Tendrías que seguir con la traición, seguirle el juego, mientras, lentamente, te mata.
  Y es entonces cuando te planteas saltar. Cuando da un traspié y se clava más de lo previsto, sin llegar a matarte.
  Cuando el dolor se intensifica tanto que no puedes soportarlo más.
  ¿Y qué me dices, fría alma, ardiente corazón? ¿Saltas conmigo?




  ¿Os cuento un secreto? ¿Sabéis por qué, al principio, la historia estaba escrita en pasado?
  Porque esa extraña y oscura combinación de hielo y fuego que escribía, saltó.
  ¿Y sabéis por qué el resto no?
  Porque esos eran sus pensamientos, aún latentes, que ella escribió, en un desesperado intento de encontrar una tercera opción.


Atte: una libreta que tal vez reveló demasiado.

sábado, 3 de mayo de 2014

Tinta y un poco de papel.

  Querido Dios:

  No voy a pedirte grandes cosas. No voy a pedirte una enorme mansión o un chalet en la playa. No ansío una gran fortuna, ni gustar a todo el mundo. No quiero que me regales grandes metas en el futuro; tener los estudios más brillantes o el mejor sueldo.
  No pido fama ni fortuna. Ser conocida o tener grandes bienes materiales no me llama.
  No, no es eso lo que yo deseo. Ni siquiera deseo tener una enorme familia, ni ropa lujosa, ni joyas, ni un coche caro.
  Tampoco voy a exigirte ser la chica más bonita, la más alta o la más delgada. No quiero tener el pelo más bonito, las mejores curvas, los mejores ojos, los mejores labios, la mejor sonrisa.
  No espero que la gente se me quede mirando al pasar, que alaben mi perfume o que me sonrían desconocidos.
  Todo eso es insignificante para mí.


  No, querido Dios.

  Lo único que yo deseo es el poder disfrutar de las cosas sencillas de la vida.


  Perderme junto a una bonita canción. Fundirme con su letra y melodía. Con la voz rasgada o dulce o cariñosa o desesperada del cantante, con cada uno de los instrumentos que la forman.


  Leer un buen libro a la sombra de un gran árbol. Bucear en él, perderme en su historia. Conocer a sus personajes y sentir todo lo que ellos sienten. Disfrutar cada capítulo, cada párrafo, cada letra, cada espacio, cada guión y cada punto. Disfrutar de la hermosa narración y del mensaje del autor.


  Quiero apreciar el suave baile de la hierba, bajo una fresca brisa primaveral. Quiero dormirme junto al dulce canto de los pájaros y las cigarras; dejarme abrazar por los cálidos destellos dorados del sol. Volar entre las ramas de los árboles, acariciar sus hojas, verdes y frescas. Respirar el aire puro del bosque, sentir su humedad; elevarme a despedir al sol cada atardecer.
  Quiero cantar con la luna, tan brillante y plateada. Majestuosa se alza en el firmamento, velando por nosotros.


  Quiero disfrutar de la risa de un niño en el parque, de jugar con un perro o un gato.
  De un paseo por la ciudad en bicicleta, explorando cada calle, cada parque, cada rincón.
  Relajarme conversando de cosas sin importancia con alguien que me importa.
  De un baile libre, cuya única espectadora sea la tranquilidad.
  De escribir una historia improvisada, hermosa y carente de lógica.


  Apreciar la soledad, su tranquilidad, su paz.
  Disfrutar la compañía, el calor de otras personas, los buenos momentos compartidos.
  Quiero amar la compañía de la soledad; y la soledad de la compañía.



  Realizar un largo viaje. Enamorarme del paisaje que tan solo veo durante unos segundos, por la ventanilla de un coche, un tren o un avión.
  Aprender la cultura y las tradiciones de aquel lugar. Conocer gente y estar todo el día andando, de aquí para allá, de forma incansable, para ver más y más de ese hermoso destino.
  Quiero fusionarme con el viaje, tanto la ida como la estancia como la vuelta. Prenderme del lugar, ilusionarme cual niña pequeña al llegar allí, y entristecerme de la misma manera al marcharme.
  Abandonar una parte de mí allí, que se quede para siempre recorriendo hermosas y ya no tan desconocidas calles, y que me llene de nostalgia y me incite a volver cada vez que recuerde mi estancia allí.


  ¿Tan difícil es concederme, Señor, noche estrellada, grandioso sol, estas sencillas peticiones?
  Sonreír más a menudo, tal vez un amor correspondido.
  Tararear esa canción que no sale de mi cabeza sin miedo a que me miren, o vestirme a mi antojo sin importar lo que se lleve o no.


  Dios, querido Dios.
  Lo único que te pido es ser feliz. Sonrisas sinceras y dejar de tener miedo.
  Iluminar mi rostro cada mañana y dormir profundamente cada noche.
  Ser yo, y disfrutar siéndolo.


  Tan solo, yo tan solo deseo las cosas sencillas de la vida.


Con amor,         
un alma perdida.