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domingo, 25 de mayo de 2014

Precipicios.

  El mundo se extiende a mis pies. El sol ya se esconde bajo el anaranjado firmamento; las primeras estrellas brillan, como una espectral ilusión de luz y calor, pero sin llegar nunca a regalarte su dulce abrazo.
  El viento sopla, suave, removiendo hojas, levantando tierra, acariciando al mar, a los árboles, a las rocas.
  La melodía de un piano suena perdida por la lejanía de mi mente.
  Un león ruge, salvaje, imponente, por algún lugar de mis pensamientos, mientras un manso gato lame su pata, a la vez que se recuesta un sillón.
  Un suspiro, como venido de la nada, me recorre, y sale al exterior. 
  Cierro los ojos; me pongo el pie.
  Avanzo un pequeño paso; mis pies quedan al borde del precipicio. 
  Avanzo otro pequeño paso.
  Siento el viento en mi cara, veloz, doloroso. Me cuesta respirar.
  Un grito aflora de mi interior, penetrante, rompiendo el silencio y la tranquilidad. 
  Y el piano deja de sonar, el león calla, el gato observa.
  Y caigo y caigo sin respiración, sin miedo, sin silencio, sin paz.
  El mundo retumba. El sol no está. Las estrellas ya no prometen luz ni calor, ahora tan solo ríen, frías, frívolas, lejanas.
  El viento no lucha por detener mi caída. El mundo se acerca cada vez más y más, y clava su mirada en mí, evaluándome, decidiendo que mi vida llega a su fin, que no vale la pena seguir.
  Y me voy, junto al anaranjado atardecer, junto a las doradas hojas que vuelan a mi alrededor, en esta trepidante carrera, que nadie quiere ganar.
  Llego al suelo.
  Un golpe seco.
  Turbación.
  Oscuridad.
  Las estrellas ríen.
  Las hojas otoñales se posan junto a mí.
  El cielo no está anaranjado, si no negro, como el túnel, que se extiende ante mí.

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