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sábado, 9 de agosto de 2014

Mentiras.

  Ojalá fuera todo una mentira.
  Ojalá todo siguiera siendo como debería ser.
  Ojalá la gente siguiera a mi lado. Ojalá le importara a alguien. Ojalá... ojalá no hubiera cambiado tanto. ¿Qué he hecho yo para merecer esto? ¿Tanto asco doy? ¿Tanto...?
  Te perdiste. Te fuiste. Me abandonaste.
  Te quedaste a mi lado durante el suficiente tiempo como para hacerme creer que de verdad me querías. Me ilusionaste, y después... como un triste loco más, clavaste en mi espalda la espada del olvido.
  Y no fuiste el primero.
  Ni el último.
  Nunca nadie será el último... nunca nadie lo será mientras palpite mi lastimado corazón.
  Tan solo la muerte podrá poner fin a esta tortura.


  Y después de tantos golpes... después de tanto daño... después de tanto tiempo, y tantas promesas a mí misma de no volver a confiar, de no volver a querer, ¿por qué sigo teniendo fe? ¿De dónde la saco? ¿Y de qué me sirve, si, en el fondo se, que nada va a cambiar?
  Tan solo puedo seguir adelante, seguir y seguir, sin destino alguno, como un alma en pena condenada a pasar toda la eternidad en un mundo al que no pertenece... carente de emoción, de sentimientos, pues me han sido arrebatados lentamente, pues me han abierto en canal y los han sacado todos, para que pueda morir en vida.
  Al menos podrías decir la verdad. Al menos podrías dejar de mentir, y explicar por qué, por qué te fuiste, me abandonaste, por qué, tras tanta falsa palabra, me has dejado aquí a mi suerte, perdida en un mar enfurecido. Al menos podrías explicarme qué has conseguido con ello, o si vas a volver, o si te has ido para siempre.


  Ay, son tan hermosas las mentiras. Como un campo de rosas.
  Mientras te mantienes fuera, las admiras, las amas, te enamoras de su forma y su belleza, de su color, de su olor, su delicadeza. Pero una vez están dentro... oh, una vez que estás dentro, te pinchan, sus espinas se clavan en ti, atravesando tu piel, haciéndote sangrar, y, entonces, tan solo tienes dos opciones: o correr, correr y correr hasta el final, mientras miles de espinas te arañan y cortan, te hacen sangrar, correr soportando el dolor, y que el destino decida si vives o mueres; o dejarte caer, y allí, en el suelo, cubierto de barro, esperar una lenta muerte que tardará demasiado en llegar, pero que nunca te dejará escapar...


  Así que huiré. Yo sola huiré, tan solo acompañada por mi alma guerrera, huiré de la mentira, huiré de la verdad, y, en un campo de rosas moriré, luchando por llegar al final.

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